Texto y fotos: Miguel Mejía Castro
IG: @miguelmejiacastro
En el horizonte donde el Río de la Plata encuentra al sol veraniego, Playa Ramírez se transforma cada 2 de febrero en un escenario de fe, memoria y herencia cultural. Bajo la luz cálida del atardecer, devotos y curiosos se congregan en un rito que enlaza agua, canto y ofrendas: la celebración de Iemanjá, la madre de los mares.
La fuerza simbólica del agua es como un umbral entre mundos. Mujeres, hombres y familias completas, muchos vestidos de blanco o con detalles celestes, se sumergen lentamente en la orilla, portando flores, frutas y pequeñas embarcaciones decoradas, objetos de ofrenda que serán entregados a la deidad protectora.
Se trata de una ceremonia que no es únicamente festiva, sino profundamente ancestral y espiritual. Aunque hoy se vive con intensidad en Uruguay, sus raíces se hunden en tradiciones afroatlánticas, especialmente de la religión yoruba y sus diásporas en Brasil, el Caribe y el Río de la Plata. Iemanjá —o Yemayá— es considerada madre primigenia, guardián de las aguas y de las emociones humanas; su figura abraza a quienes buscan protecci ón, salud, deseos cumplidos y conexión con los ancestros.
La celebración de Iemanjá en Uruguay es un ejemplo claro de cómo las prácticas afrodescendientes han moldeado y enriquecido la identidad cultural rioplatense. Aunque muchas veces invisibilizadas, estas tradiciones sobreviven y se reinventan en espacios públicos compartidos, articulando comunidades y reafirmando la presencia de saberes arraigados en la diáspora africana.
La fecha del 2 de febrero coincide con otros calendarios de culto a Iemanjá en Brasil y otras partes de Sudamérica, donde el sincretismo religioso ha permitido la coexistencia entre creencias africanas, católicas y otras corrientes populares. En Montevideo, Playa Ramírez se convierte en un punto de convergencia que articula prácticas locales con una tradición de alcance transcontinental.
Fotografía como memoria histórica
Este conjunto de fotografías no solo documenta una fiesta. Registra una memoria viva, el pulso de una comunidad que se expresa en cuerpo, rito y objeto. Cada gesto —la entrega de una flor, el abrazo antes de entrar al agua, la mirada fija en el horizonte— es también una narrativa: testimonia deseos, compromisos y la permanente búsqueda de sentido humano frente al misterio del agua, símbolo universal de vida y transformación.
































