Después de Cusco, Huarochirí es el lugar más visitado por historiadores, antropólogos y turistas interesados en la cosmovisión andina. En el caso de San Andrés de Tupicocha, el interés se basa en su cultura viva, su exitosa siembra de agua y por los ritos y tradiciones ocultos entre sus bosques y lagunas.
-Roberto Ochoa Berreteaga
San Andrés es su nombre de bautizo y Tupicocha su apellido étnico. Está ubicado en el corazón de Huarochirí, a casi 3,500 metros sobre el nivel de la Costa Verde. La fiesta de su santo patrón es el próximo 30 de noviembre y es la mejor oportunidad para visitar este distrito huarochirano ubicado tan cerca de Lima Metropolitana pero tan lejos de su mundanal ruido. La fecha tiene reminiscencias agrarias vinculadas al inicio de la temporada de lluvias, una coincidencia que nos demuestran el grado de sincretismo cultural de los andes limeños.

Reportaje publicado en el último número de la revista CARETAS
Y es que en Tupicocha el tiempo parece detenido entre sus montañas y contrafuertes andinos. Para llegar existen dos caminos: El de Caperucita roja pasa por Chosica, Ricardo Palma y, a pocos metros del peaje de Corcona, asciende por el desvío de Cocachacra. Esta es la ruta más conocida y espectacular, con una vía afirmada en buen estado de conservación que asciende por una sucesión de curvas cerradas hasta el desvío a Chaute (célebre por su buena vista del bosque de Zárate). Desde aquí la ruta es mucho más amable y llega a Tupicocha luego de cruzar el poblado de Santiago de Tumna.

La otra ruta es la que va por la cuenca del río Lurín. Pasa por Cieneguilla, Santa Rosa de Chontay, Sisicaya, Nieve Nieve hasta Antioquía (el pueblito de las casas pintadas) desde donde se inicia una trocha en mal estado de conservación que asciende hasta Tupicocha… Esta es la ruta del lobo feroz y se recomienda buena caña en una cuatro por cuatro.


Además de las celebraciones propias de su fiesta patronal, Tupicocha ofrece circuitos turísticos como el bosque de pinos de Chanchana (con espacio para cochera y campamentos), la cascada de Carnacha y las “lagunas” de Ururi, Yanasiri y Cancasica; donde se puede navegar en botes, kayak y paddle. Estos sitios están ubicados muy cerca a Tupicocha y tienen un factor común: todos son producto de la exitosa siembra y cosecha de agua.

Lo cierto es que en toda su historia la tierra nunca fue un problema para Tupicocha… pero el agua nunca fue suficiente. No existe un río que cruce el pueblo y las lagunas naturales están ubicadas fuera de su jurisdicción y muy cerca a los nevados. En Tupicocha el agua depende de las lluvias, de ahí que bastaba una temporada de sequía para provocar una catástrofe económica entre sus pobladores.

Pero la angustia da creatividad y la solución fue crear reservorios para “sembrar” el agua de lluvia y, al mismo tiempo, para almacenar el agua procedente de los nevados. Al parecer, esto lo supieron los antiguos. Según el alcalde de Tupicocha, Roy Vilcayauri, el antiquísimo trazo del canal de Wilcapampa fue recuperado a fines del siglo pasado y entubado con aportes de la ayuda española y del AID. El agua viene de los lejanos deshielos. Esta “modernización” provocó la desaparición de la célebre amuna: el trabajo comunal que cada año limpiaba el cauce de la acequia, pero permitió contar con el líquido elemento durante todo el año. Desde entonces no sólo expandieron sus cultivos sino que crearon enormes bosques de pinos (regados con modernos sistema de goteo) y provocaron la cascada de Carnacha que no sólo refresca al caminante sino también a los cóndores y otras especies andinas.

La abundancia acuífera también habría provocado la reaparición de manadas de vicuñas en las zonas más altas de Tupicocha. Esto podría convertirse en un nuevo atractivo turístico para los fotógrafos y amantes de la naturaleza.
RITOS Y TRADICIONES
Pero no se puede visitar Tupicocha sin conocer su prodigiosa historia. Lo recomendable es leer el célebre Manuscrito quecha de Huarochirí. La versión que no falta en la librería es la traducción de José María Arguedas (editada por el IEP) y la de Gerald Taylor, pero también hay una fina edición de la Universidad de Extremadura, titulada Manuscrito de Huarochirí que también incluye la traducción de Arguedas complementada con un facsímil del manuscrito quechua y un revelador estudio de José Ignacio Úzquiza Gonzáles.

Otros libros importantes para entender los ritos y tradiciones de Tupicocha es Los Quipocamayos, de Frank Salomon (editado por IFEA y, de lejos, uno de los mejores tratados sobre los quipus) y, más recientemente, Agua y poder en los Andes, del colega Luis Alberto Chávez. Desde el puto de vista turístico, también se debe leer el primer tomo de Las montañas mágicas del Perú, dedicado a las áreas de influencia de la cordillera del Pariacaca, con una selección de crónicas de este servidor y un revelador prólogo de la Dra. María Rostworowski.

Lo cierto que una fecha clave para conocer detalles de la cultura viva en Tupicocha son los primeros días de enero, cuando se realiza la Huayrona o cambio de autoridades comunales. Una oportunidad única para ver esos antiquísimos quipus que los tupicochanos guardan celosamente.
También se puede acceder a las cumbres sagradas de Cinco Cerros (Pishkamarca), exploradas hace más de cien años por el propio Julio C. Tello. Sus cumbres cubiertas de restos arqueológicos ganaron fama porque figuran en el Manuscrito Quechua de Huarochrí: son los cinco huevos donde nacieron los hijos de apu nevado Pariacaca, El más poderoso, Tutayquiri, es el “padre” de los ayllus parcialidades que sobreviven en Tupicocha y la vecina San Damián de los Checa.


Si bien el próximo 30 de noviembre Tupicocha tirará el pueblo por la ventana para celebrar a su santo patrón San Andrés, también se podrá conocer a las pocas tejedoras de las célebres shicras, elaboradas con fibra de maguey y que pueden soportar grandes pesos. Otras fiestas religiosas importantes son las del 15 de agosto, dedicado a la Virgen de la Asunción; el Corpus Christi (buena oportunidad para ingresar a su antigua capilla) y los carnavales.


Como sostiene el propio Frank Salomon: “el rico legado de San Andrés de Tupicocha es tan complejo y conservador que, incluso, podría contemplársele como ejemplo viviente del barroco”.







