
ARQUEÓLOGOS REGISTRAN EVIDENCIAS DE LA AGRICULTURA Y DE LA RITUALIDAD CHIMÚ EN EL VALLE DE CHICAMA
Vestigios de enormes campos de cultivo, un geoglifo de casi dos kilómetros de extensión y pirámides de piedra corren peligro de desaparecer.
Roberto Ochoa Berreteaga
Fotos: Programa Arqueológico Chicama
En estos días una buena noticia rebotó en casi toda la prensa nacional en medio de toda esta miasma política y de las crecientes amenazas climáticas: el “descubrimiento” de un enigmático geoglifo en un enorme complejo agrario y ceremonial del norte peruano.

Y es que los peruanos compartimos ese “síndrome Colón” de los descubrimientos. Lo cierto es que se trata de algo mucho más interesante que un hallazgo. Es el minucioso registro sistemático con tecnología de punta realizado por el Programa Arqueológico Chicama, liderado por Carito Tavera Medina y Henry Tantaleán. Ésta vez, se trata de un complejo agrario y ceremonial de casi cien hectáreas identificado a pocos kilómetros de la desembocadura del río Chicama, en medio de una pampa que termina en las faldas de un contrafuerte andino con vista al mar.

Como siempre, la arqueología asoma nuevamente como una brisa cargada de esperanza y asombro.

El registro da nuevas luces sobre el esplendor de la cultura Chimú, que tuvo como epicentro los valles de los ríos Moche y Chicama. Incluye un complejo ceremonial con pirámides y plazas, enormes campos de cultivo que revelan la sofisticada técnica agraria y el reconocimiento de un enigmático geoglifo -de casi dos kilómetros de extensión- que une dos apus locales (ver fotos).
Una de las construcciones tiene un área de casi dos mil metros cuadrados (40 x 50 ms) con muros de tres metros de altura y una enorme plaza también rectangular. Las construcciones se distribuyen por las faldas de un cerro vecino a los campos de cultivo y a uno de los brazos del célebre canal de Cumbe, joya de la ingeniería hidráulica prehispánica. Las zonas de cultivo aún conservan su fina distribución de zanjas (los arqueólogos me aclaran que no se trata de camellones) y el geoglifo emerge en medio de la pampa como si se tratara de grandes puntos suspensivos, elaborados con piedras, que se extienden poco más de dos mil metros hasta la falda del cerro Tres Cruces.

Los investigadores de PACh enfatizan que no se trata de un descubrimiento pero que el registro realizado es una herramienta útil para la investigación científica y para advertir los peligros que amenazan desaparecer estos magníficos vestigios de nuestro pasado.
“Nos hemos dedicado a Pampa Lescano porque hemos comprobado que los galpones de las avícolas ya llegaron hasta los campos de cultivo. En cuestión de meses esas avícolas se van a expandir y dañarán el canal secundario que viene desde el canal grande de La Cumbe. La zona ya se ve impactada por la construcción de una trocha vehicular. También se instalaron torres de alta tensión que también provocan el paso de camionetas por nuevos caminos de trocha”, nos dice la arqueóloga Tavera Medina.

Por su parte, Tantaleán agrega que “la zona de los surcos (no son camellones) es un paisaje bien frágil porque sus surcos no se levantan más de quince centímetros sobre la superficie de la pampa”.
Pese a su monumentalidad y extensión, la zona registrada por el Programa Arqueológico Chicama ha sido poco estudiada y su existencia corre verdadero peligro.
Si bien el epicentro Chimú estuvo vinculado a la ciudadela de Chan Chan (en el vecino valle del río Moche y periferia de la ciudad de Trujillo) y otros recintos arqueológicos del norte peruano, el valle de Chicama guarda valiosa información de la evolución de los horizontes prehispánicos andinos. Su importancia va desde los trabajos de Junius Bird en Huaca Prieta (a orilla del mar) hasta las investigaciones de los arqueólogos polacos en las zonas altas del Chicama, pasando por los reveladores hallazgos de Jaime Deza Rivasplata y el mundialmente conocido descubrimiento de la tumba de la Dama de Cao, en Huaca El Brujo, posterior al enigmático Muro del tema complejo. Y estos son solo algunas perlas de los valiosos aportes realizados en todo el valle.
Hoy en día, el Chicama luce como uno de los valles modelos en producción agraria, pero lo cierto es que lo fue desde hace, por lo menos, dos mil años. Prueba de esta afirmación es la monumentalidad de los canales de regadío moche y chimú que aún se pueden recorrer en las zonas agrarias vecinas al poblado de Ascope.

“Desde la época moche se hacen los grandes canales de cultivo y sus ramales que se extienden por todo el valle. Este proceso se hizo más intensivo durante la época chimú”, revela Tavera. Y agrega que “se trata de los campos de cultivo más extensos sobre los que aún tenemos posibilidad de investigar”.

Por su parte, Tantaleán reconoce que las nuevas evidencias de este registro “amplía significativamente el conocimiento sobre la planificación territorial, la capacidad productiva y la dimensión ritual de los chimú”.
Y no le falta razón. Las investigaciones de historiadores y arqueólogos revelan nuevas facetas de esta prodigiosa cultura que es considerada sucesora del esplendor Moche.
Los cronistas le dedicaron poca tinta a los chimú pero gracias a sus escritos sabemos que fueron conquistados por los incas luego de una cruenta guerra y pocos años antes de la llegada de los españoles. Sin embargo, fueron invisibilizados durante mucho tiempo hasta que su memoria se ha recuperado con las recientes investigaciones científicas.












